Realmente, ¿nunca esperas nada a cambio de tu pareja, ni siquiera una mínima retribución? No seamos hipócritas. Si eres fiel, esperas fidelidad; si das sexo, esperas sexo; y si das ternura, no esperas un golpe.

El mito del amor sin límites ha hecho que infinidad de personas establezcan relaciones totalmente dañinas e irracionales, en las que se promulga el culto al sacrificio y la abnegación sin fronteras. «Vivo para ti», «Mi felicidad es tu felicidad»: amor andrógino, dependencia feliz, adicción bendita. ¿Y después qué? ¿Cómo escapar si me equivoqué?

Si el amor teórico y celestial es ilimitado y no conoce condiciones, el amor terrenal las necesita, y con urgencia. Basta mirar cualquier indicador sobre maltrato y relaciones disfuncionales para darse cuenta de que los llamados «males del amor» ya conforman un problema de salud pública.

Reconocer que existen ciertos límites afectivos no implica necesariamente dejar de amar, sino aceptar la posibilidad de modificar la relación en un sentido positivo o simplemente alejarse y no estar en el lugar equivocado, aunque duela la decisión.

El amor no puede ser obsesión

Si crees que el amor lo justifica todo y que amar es tu principal fuente de realización; el amor se convertirá en una obsesión y no serás capaz de renunciar al afecto o a tu pareja cuando debas hacerlo.

La máxima es como sigue; así el miedo y el apego te bloqueen la mente y ablanden tu corazón: no importa cuánto te amen, sino cómo lo hagan. El buen amor es un problema de calidad total.

Este libro habla del amor de pareja y está dirigido a todas aquellas personas que quieren vivir el amor de una manera más tranquila y sosegada y sin tanta irracionalidad.

El mensaje es que no necesitas «amar el amor sobre todas las cosas» para vivir en pareja y que hay límites a partir de los cuales el amor se transforma en enfermedad o adicción.

Para amar no debes renunciar a lo que eres. Un amor maduro integra el amor por el otro con el amor propio; sin conflicto de intereses: «Te quiero, porque me quiero a mi mismo, porque no me odio».