Introducción.

La cuestión ¿Quién soy yo? aparece tan a menudo en nuestra vida y, sin embargo, nos apartamos de ella. Hay muchos momentos en que nos sentimos incitados a preguntar: ¿Qué es la vida?, ¿Quién soy yo?. Tal vez hemos sentido, desde la niñez, una vaga nostalgia de algo más, un anhelo divino.

Tal vez sentimos que la verdadera razón de nuestro nacimiento se nos escapa, nos pasa de largo. Posiblemente nos hayamos llegado a aburrir con todas las’ formas que hemos utilizado para tratar de dar un significado a nuestra existencia: la acumulación de aprendizaje, experiencias y riqueza, búsquedas religiosas, asuntos compulsivos, drogas y demás. O quizás nos estemos enfrentando a una crisis en la que ya no nos sentimos capaces de controlar la situación.

Tal vez, sencillamente, nos aterre la muerte. Todos estos acontecimientos son oportunidades que no deben desaprovecharse. Vienen de la misma vida, invitándonos a que miremos, porque la vida sabe que, cuando realmente la vemos, no podemos evitar admirarla…

¿Por qué evitamos la llamada a investigar? ¿Por qué evitamos descubrir lo que somos? En gran parte porque existe el profundo sentimiento de que investigar seriamente significa la muerte de algo a lo que nos aferramos, algo que es la idea que tenemos de nosotros mismos, la personalidad, el ego y todo cuanto le acompaña.

También vacilamos porque, en realidad, no sabemos cómo hacer la pregunta, la sentimos ahí pero no podemos abordarla, la sentimos demasiado grande para nosotros, sentimos temor ante ella. Lo asombroso de ello es que tanto una como la otra excusa pertenecen a nuestra sabiduría inherente, proceden de la respuesta misma. Prueban que ya sabemos más de lo que pensamos…