La mayoría de los hombres, incluso en este país relativamente libre, se afanan tanto por los puros artificios e innecesarias labores de la vida, que no les queda tiempo para cosechar sus mejores frutos. De tanto trabajar, los dedos se les han vuelto torpes y demasiado temblorosos.

Realmente, el jornalero carece día tras día de respiro que dedicar a su integridad; no puede permitirse el lujo de trabar relación con los demás porque su trabajo se depreciaria en el mercado.

No le cabe otra cosa que convertirse en máquina. ¿Cómo puede recordar su ignorancia, condición que le exige su crecimiento ¿quien tan a menudo tiene que usar de sus conocimientos? Debiéramos alimentarlo y vestirlo a Meces, gratuitamente, y reponerlo con nuestros cordiales antes de juzgarlo.

Las mejores cualidades de nuestra naturaleza, al igual que la lozanía de las frutas, sólo  pueden conservarse con delicadeza. Y no es ésta, ciertamente, la que aplicamos a nuestras relaciones con el prójimo. Algunos de vosotros, sabido es, sois pobres, os es difícil la vida, y aun en ocasiones, diríase que en la pugna con ella os falta incluso el aliento.

La mayoría de lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida
no sólo no son indispensables, sino obstáculo cierto para la elevación de la
humanidad. En lo que se refiere a estos lujos y comodidades, la vida de los
más sabios ha sido siempre más sencilla y sobria que la de los pobres.

Los antiguos filósofos chinos, hindúes, persas y griegos fueron una clase de
gente jamás igualada en pobreza y riqueza interna. No es mucho lo
que sabemos de ellos, pero es notable que sepamos tanto.

Igual reza para con los más modernos reformadores y bienhechores de la raza. Nadie puede ser observador imparcial y certero de la raza humana, a menos que se encuentre en la ventajosa posición de lo que deberíamos llamar pobreza voluntaria