Muchos de nosotros nos hemos enterado ya de que vivimos en la era de la información. Ya no estamos en una cultura primordial mente industrial, sino en la de las comunicaciones. En la época actual, las nuevas ideas, los movimientos y los conceptos nuevos cambian el mundo casi a diario, bien sean tan profundos como la física cuántica o tan vulgares como la mejor manera de comercializar una hamburguesa.

Si hay una característica que sirva para definir el mundo moderno, ésa es el flujo masivo, casi inimaginable, de la información… y, por consiguiente, del cambio. La información nueva cae sobre nosotros a través de libros, películas, altavoces y microprocesadores electrónicos, como un ciclón de datos que pueden verse, tocarse y oírse. En esta sociedad, los que poseen la información y los medios para comunicarla tienen lo que solían tener los reyes: un poder ilimitado.

Lo que hacemos en la vida está determinado por la manera en que nos comunicamos con nosotros mismos. En el mundo moderno, la calidad de vida es calidad de la comunicación.

Lo que nos representamos y decimos a nosotros mismos, nuestra manera de movernos y de utilizar los músculos de nuestro cuerpo y nuestras expresiones faciales, determinará en buena medida la cantidad de nuestros conocimientos que apliquemos.

El don especial de algunos

Muchas veces caemos en la trampa mental de contemplar a los que tienen éxito y figurarnos que son así gracias a algún don especial. Sin embargo, un examen más detenido nos demostraría que el don principal que tienen quienes destacan sobre los demás y lo que les diferencia de éstos es su aptitud para ponerse en acción.

La comunicación es poder. Quienes han alcanzado el dominio de aquélla están en condiciones de modificar su propia experiencia del mundo y la experiencia que el mundo saca de ellos. La totalidad de la conducta y de los sentimientos tiene sus raíces en alguna forma de comunicación…