Sin conocimiento de uno mismo no hay comprensión de los demás, ni del mundo de los hombres; ni de la acción de Dios en el hombre. Una y otra vez lo he comprobado, en mí mismo, en mis amigos y parientes, y también en lo que llaman «obras del espíritu».

Sin conocimiento de uno mismo, la imagen que nos formamos del mundo y de los demás no es más que la obra ciega e inerte de nuestros apetitos, nuestras esperanzas, nuestros miedos, nuestras frustraciones; nuestras ignorancias deliberadas y nuestras huidas y nuestras renuncias y todos nuestros impulsos de violencia reprimida, y la obra de los consensos y de las opiniones que imperan a nuestro alrededor y que nos tallan a su medida.

Por eso apenas tiene relaciones lejanas, indirectas y tortuosas con la realidad de la que pretende dar cuenta, y que desfigura sin ninguna vergüenza. Es como un testigo medio imbécil, medio corrupto en un asunto que le afecta más de lo que quiere admitir; sin darse cuenta de que su testimonio le compromete y le juzga…

Psique, actitud y sentimientos

Cierto es que todo lo que se encuentra y se mueve en la psique busca y encuentra una expresión visible. Ésta puede manifestarse en el nivel de la conciencia (con pensamientos, sentimientos, actitudes, etc.) o en el de los actos y comportamientos; o también en el nivel (llamado “psicosomático» en jerga erudita) del cuerpo y sus funciones.

Pero todas esas manifestaciones, psíquicas, sociales, corporales, son hasta tal punto ocultas, hasta tal punto indirectas; que bien parece que también ahí haga falta una perspicacia y una capacidad intuitiva sobrehumanas, para conseguir extraer un relato, por poco matizado que sea, de las fuerzas y conflictos inconscientes que se expresan a través de ellas.

El sueño, por el contrario, se revela como un testimonio directo, perfectamente fiel y de una fineza incomparable, de la vida profunda de la psique. Detrás de apariencias a menudo desconcertantes y siempre enigmáticas, cada sueño constituye en sí mismo un verdadero cuadro, trazado con mano maestra; con su iluminación y su perspectiva propias, una intención (siempre benevolente), un mensaje (a menudo contundente).

Nosotros mismos somos ciegos, por así decir, no vemos ni torta en ese batiburrillo de fuerzas que actúan en nosotros y que, sin embargo; gobiernan inexorablemente nuestras vidas (al menos mientras no hagamos el esfuerzo de conocerlas…). Somos ciegos, sí, pero en nosotros hay un Ojo que ve, y una Mano que pinta lo visto…