[PDF] El poder de los padres que Oran

Intentamos criar a nuestros hijos lo mejor posible. Entonces, cuando creemos dominar todo ese terreno de la paternidad, llegan nuevas etapas y edades, que nos conducen a territorios desconocidos y a enfrentar nuevos desafíos. En ocasiones navegamos suavemente. En otras, encontramos tempestades y maremotos.

Por momentos nos cansamos tanto que queremos rendirnos, y dejar que la tormenta nos lleve a donde le plazca. Pero no tenemos que ser llevados de un lado a otro, por estos vientos de cambio. Las vidas de nuestros hijos jamás deben ser dejadas al azar.

No tenemos que caminar de un lado a otro con ansiedad, comiéndonos las uñas, estrellando nuestros nudillos, temiendo a los terribles o tortuosos adolescentes. No tenemos que vivir en temor de lo que cada nueva fase de desarrollo pueda traer, ni de qué peligros estén acechando tras cada esquina. Tampoco tenemos que ser padres perfectos.

Podemos comenzar ahora mismo, en este preciso instante, a marcar una diferencia positiva en el futuro de nuestro hijo. Nunca es muy temprano ni demasiado tarde. No importa si el niño tiene tres días de nacido y es perfecto, o si cuenta con treinta años de edad y atraviesa su tercer divorcio, a causa de un problema de alcohol.

En cada etapa de sus vidas nuestros hijos necesitan y se beneficiarán grandemente de nuestras oraciones. La clave no es intentar hacerlo todo a la vez, y por uno mismo. Debemos cubrir cada detalle de la vida de nuestros hijos con oración. Hay un gran poder en ello, que va más allá de lo que la mayoría de las personas puedan imaginar. De hecho, nunca subestimes el poder de un padre que ora.

La batalla por la vida de nuestros hijos se libra orando de rodillas

La oración es mucho más que solo entregar una lista de deseos a Dios, como si Él fuera el gran Papá Damelotodo en el cielo. Orar es reconocer y experimentar la presencia de Dios e involucrarle en nuestras vidas y circunstancias. Es buscar esa presencia y liberar su poder, lo que nos brinda los medios para vencer cualquier problema.

La oración no sólo nos afecta, también alcanza e influye en aquellos por los que oramos. Cuando nosotros intercedemos por nuestros hijos, le estamos pidiendo a Dios que haga de su presencia parte de sus vidas y que obre con poder a su favor. Eso no significa que siempre habrá una respuesta inmediata. En ocasiones puede tomar días, semanas, meses o incluso años. Pero nuestras oraciones nunca se pierden o carecen de significado. Si estamos orando, algo está sucediendo, podamos verlo o no.

La batalla por la vida de nuestros hijos, se libra sobre nuestras rodillas. Cuando no oramos, es como si nos sentáramos a un lado observando a nuestros hijos en una zona de guerra recibiendo disparos desde todos los ángulos. Cuando nosotros sí oramos, estamos en la batalla junto a ellos, apropiándonos del poder de Dios en su favor. Si declaramos la Palabra de Dios en nuestras oraciones, entonces empuñamos un arma poderosa que ningún enemigo puede vencer.

Cuando estás orando por tu hijo, incluye un verso de la Escritura apropiado en tu plegaria. Si no te viene ninguno a la mente, en ese momento, no dejes que eso te detenga, pero cita un verso o dos siempre que puedas y serás testigo de cosas poderosas.

Es necesario seguir orando hasta ver la respuesta

Siempre que ores por tu hijo, hazlo como si estuvieses intercediendo por su vida, porque eso es exactamente lo que estás haciendo. Recuerda que mientras Dios tiene un plan perfecto para las vidas de nuestros hijos, Satanás tiene un plan para ellos también. El plan del maligno es destruirlos, y él intentará usar cualquier medio posible para hacerlo: drogas, sexo, alcohol, rebelión, accidentes, enfermedades. Pero no podrá usar con éxito ninguna de ellas, si su poder ha sido disipado con la oración.

Posiblemente la parte más difícil de orar por nuestros hijos, es aguardar las respuestas a nuestras plegarias. En ocasiones la respuesta llega rápido, pero muchas veces no. Cuando esto no sucede, nos podemos volver desanimados, desesperados o enojados con Dios. Todo parece sin esperanza y deseamos rendirnos. En ocasiones, a pesar de todo lo que hemos hecho por ellos y todas nuestras oraciones, nuestros hijos toman decisiones equivocadas y luego enfrentan las consecuencias. Esas ocasiones son difíciles para los padres, no importa la edad de los hijos.

Es necesario seguir orando hasta que veamos la respuesta. Si tienes enojo o falta de perdón hacia Dios o tus hijos, sí, aun los padres amorosos pueden tener estos sentimientos, díselo a Dios con toda honestidad. Si te sientes desanimado y sin esperanzas, establécelo con claridad. No vivas con emociones negativas y culpas que pueden separarte de Dios. Comparte todos tus sentimientos honestamente con Él y luego pídele que te perdone y te muestre cuál debe ser tu próximo paso. Sobre todo, no permitas que algún desencanto por oraciones no contestadas te impida orar.

Todo lo que necesitas para orar es un corazón dispuesto para DIOS

Cuando las cosas van mal en la vida de nuestros hijos, nos culpamos a nosotros mismos. Nos reprochamos no ser padres perfectos. Pero no es ser una madre perfecta lo que hace la diferencia en la vida del hijo, porque no hay padres de esa condición. Ninguno de nosotros es perfecto, entonces ¿Cómo pretender serlo como padres? Lo que hace la diferencia es ser padres que oran. Y eso es algo que todos podemos ser.

De hecho, ni siquiera tenemos que ser padres. Podemos ser un amigo, maestro, una abuela, tía, prima, vecina, un guardián, o incluso un extraño con un corazón de compasión o preocupación hacia un niño. El niño puede ser alguien del que hemos oído o leído en el periódico; el niño puede incluso ser un adulto por quien sentimos con un corazón de padre o madre.

Si te enteras de un niño que no tiene padres que oren, tú puedes ponerte en la brecha ahora y responder a la necesidad. Tienes la posibilidad de efectuar un cambio en la vida de cualquier niño que te preocupe.

Dios puede estar en todas partes

Todo lo que necesitas es un corazón que diga. Dios, muéstrame cómo orar de forma que yo haga una diferencia en la vida de este niño. Cuando entregamos a, nuestros hijos en las manos del Padre y reconocemos que Él está en control de sus vidas y las nuestras, tanto ellos como nosotros, disfrutaremos de mayor paz.

No podemos estar en todas partes; pero Dios sí. No podemos verlo todo; pero Él sí. No podemos saberlo todo; pero Dios puede. Sin tener en cuenta la edad de nuestros hijos, dejarlos en las manos de Dios es una señal de fe y confianza en Él y es el primer paso hacia establecer una diferencia en sus vidas. Las oraciones por nuestros hijos comienzan allí.

Fragmentos del libro: el poder de los padres que Oran

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