Milarepa observaría el modo en que vive actualmente la humanidad en medio de los múltiples aparatos que en Europa y en América consideran indispensables hasta los monjes que enseñan la vida santa. Para él la explotación y la conquista física del mundo por parte de la ciencia no es lo que realmente interesa, sino la conquista de uno mismo y la destrucción de todas las cadenas que atan a los hombres a la rutina de la existencia encarnada.

Para Milarepa, como para todos los santos de todas las religiones, en todas las civilizaciones y épocas de la historia humana, la ausencia de deseo y el completo renunciamiento al estilo de vida mundano más bien que el deseo omnidevorador y la adquisición de las perecederas cosas mundanas, conducen hacia el logro de una norma de vida que es lo supremo realizable en este planeta.

Milarepa percibió muy temprano en su vida, cuando la mayoría de los hombres lo logra demasiado tarde, que «Todos los propósitos mundanos no tienen sino una conclusión inevitable: la aflicción: las adquisiciones terminan en dispersión; las construcciones, en destrucción; los encuentros, en separación; los nacimientos, en muerte.

Sabiendo esto habría que renunciar, desde el principio mismo, a la adquisición y la acumulación, a la construcción y al encuentro; y fiel a los mandatos de un gurú eminente, proponerse la realización de la Verdad (que no tiene nacimiento ni muerte). Esa sola es la mejor ciencia.