Paul Tabori, Historia de la estupidez humana, PDF

Historia de la estupidez humana, el miedo y su conexión con la estupidez

El crecimiento interior de cualquier persona esta sujeta a su buena voluntad para cambiar. «Historia de la estupidez humana», es un libro muy importante.

Quien iba a pensar, que la estupidez estuviera asociada a factores de nuestra personalidad tan comunes; y que producen tanto estancamiento en la vida de las personas.

El autor revela el tipo de curiosidad intelectual, que no se atiene a las fronteras establecidas por la cátedra universitaria; o por las especialidades científicas, y que es tan difícil hallar en nuestros días.

A semejanza del estudioso europeo de la generación anterior, o del hombre culto del Renacimiento; pasa fácilmente de la historia a la literatura, y de ésta a la ciencia.

La fascinación que ejerce la obra de Tabori proviene precisamente de la variedad de los temas abordados.

Obras antiguas, medievales y modernas le han suministrado toda suerte de hechos increíbles; y de leyendas creíbles sobre este astro siniestro que difunde la muerte en lugar de la vida.

El autor cita sorprendentes ejemplos de estupidez, relacionados con la codicia humana, el amor a los títulos y a las ceremonias, las complicaciones del burocratismo; las complicaciones no menos ridículas del aparato y de la jerga jurídica la fe humana en los mitos y la incredulidad ante los hechos; el fanatismo religioso, sus absurdos y manías sexuales, y la tragicómica búsqueda de la eterna juventud.

El cerebro no piensa, se piensa con el cerebro

Algunos psicólogos creen todavía que la estupidez puede ser congénita. Este error bastante torpe proviene de confundir al instrumento con la persona que lo utiliza.

Se atribuye la estupidez a defecto del cerebro; es, afirmase, cierto misterioso proceso físico que coarta la sensatez del poseedor de ese cerebro; que le impide reconocer las causas, las conexiones lógicas que existen detrás de los hechos y de los objetos, y entre ellos.

Bastará un ligero examen para comprender que no es así. No es la boca del hombre la que come; es el hombre que come con su boca. No camina la pierna; el hombre usa la pierna para moverse. El cerebro no piensa; se piensa con el cerebro.

¿Qué es entonces la estupidez?

Si el individuo padece una falla congénita del cerebro, si el instrumento del pensamiento es defectuoso; es natural que el propio individuo no merezca el calificativo de discreto… pero en ese caso no lo llamaremos estúpido. Sería mucho más exacto afirmar que estamos ante un idiota o un loco.

¿Qué es, entonces, un estúpido? “El ser humano”, dice el doctor Feldmann, “a quien la naturaleza ha suministrado órganos sanos; y cuyo instrumento raciocinante carece de defectos, a pesar de lo cual no sabe usarlo correctamente. 

El defecto reside, por lo tanto, no en el instrumento, sino en su usuario, el ser humano; el ego humano que utiliza y dirige el instrumento. Supongamos que hemos perdido ambas piernas. Naturalmente, no podremos caminar; de todos modos, la capacidad de caminar aún se encuentra oculta en nosotros. 

Del mismo modo, si un hombre nace con cierto defecto cerebral, ello no lo convierte necesariamente en idiota; su obligada idiotez proviene de la imperfección de su mente. Esto nada tiene que ver con la estupidez; pues un hombre cuyo cerebro sea perfecto puede, a pesar de todo, ser estúpido; el discreto puede convertirse en estúpido y el estúpido en discreto. Lo cual, naturalmente, sería imposible si la estupidez obedeciera a defectos orgánicos, pues estas fallas generalmente revisten carácter permanente y no pueden ser curadas.

Desde este punto de vista, la famosa frase de Oscar Wilde conserva su validez: “No hay más pecado que el de la estupidez”.

Pues la estupidez es, en considerable proporción, el pecado de omisión, la perezosa y a menudo voluntaria negativa a utilizar lo que la Naturaleza nos ha dado, o la tendencia a utilizarlo erróneamente.

Debemos subrayar, aunque parezca una perogrullada, que conocimiento y sabiduría no son conceptos idénticos, ni necesariamente coexistentes. 

La fusión de instinto y pensamiento es igual a genio

Hay hombres estúpidos que poseen amplios conocimientos; el que conoce las fechas de todas las batallas, o los datos estadísticos de las importaciones y de las exportaciones puede, a pesar de todo, ser un imbécil. Hay hombres discretos cuyos conocimientos son muy limitados. 

En realidad, la extraordinaria abundancia de conocimientos a menudo disimula la estupidez, mientras que la sabiduría de un individuo puede ser evidente a pesar de su ignorancia… sobre todo si la posición que ocupa en la vida no nos permite exigirle conocimientos ni educación.

Existen individuos en quienes el instinto y el pensamiento están totalmente fusionados; en tal caso nos hallamos frente a un genio, un ser humano capaz de expresar cabalmente sus cualidades humanas.

Pero esto es posible únicamente cuando el hombre no utiliza el pensamiento para disimular sus propios instintos, sino más bien para darles más perfecta expresión. Todos los grandes descubrimientos son fruto de la perfecta cooperación entre el instinto y la razón. 

Toda actividad humana es autoexpresión. Nadie puede dar lo que no lleva en sí mismo. Cuando hablamos, o escribimos, o caminamos, o comemos, o amamos, estamos expresándonos. Y este yo que expresamos no es otra cosa que la vida instintiva; con sus dos fecundas válvulas de escape: el instinto de poder y el instinto sexual.

Los animales, los niños, los hombres primitivos se esfuerzan por expresar su voluntad y sus deseos sólo con el fin de satisfacer o de realizar su propia voluntad. 

La estupidez esta muy ligada al miedo

El obstáculo fundamental y permanente que se opone a la realización de los deseos humanos, a la expresión de la voluntad humana; es la Naturaleza misma, pero en el transcurso del tiempo se ha desarrollado cierta instintiva cooperación entre la Naturaleza y el hombre; de modo que al fin ambos factores son casi idénticos, o, por lo menos, uno de ellos se ha subordinado completamente al otro.

Durante el desarrollo del ser humano, el constante esfuerzo por obtener poder, la vergüenza subconsciente ante su propio egocentrismo, y la estupidez aguda y temporaria que esta vergüenza provoca, surgen con caracteres cada vez más destacados. 

Sea cual fuere el centro de la actividad individual, el hombre aspira a destacarse del resto. Al mismo tiempo, teme que su intención sea evidente… o demasiado evidente. Procura ocultarla, pero le inquieta la posibilidad de que sus esfuerzos por disimularla fracasen, o de que se frustre su propia ambición. Por eso en muchos casos se abstiene de actuar.

Si este sentimiento de vergüenza se torna crónico, también la estupidez se convierte en condición crónica. Con el tiempo, el hombre olvida que su estupidez no es más que un desarrollo secundario; siente como si su condición fuera la de un “estúpido nato”. A medida que la estupidez lo envuelve, y que se resigna a ella, le es cada vez más difícil adquirir conocimientos, y la ignorancia se suma a la estupidez, de modo que un par de anteojeras se agrega al otro.

Por consiguiente, la estupidez es esencialmente miedo, nos dice el doctor Feldmann. Es el temor a la crítica; el temor a otras personas, o al propio yo.