Vivimos en un momento extraordinario en la Tierra. Poseemos más destreza técnica y conocimiento que nuestros ancestros podrían haber soñado. Nuestros telescopios nos dejan ver a través del tiempo a los principios del universo; nuestros microscopios abren los códigos en el núcleo de la vida orgánica.

Los satélites revelan patrones climáticos globales y comportamientos ocultos de naciones remotas. Y la capacidad de vigilancia electrónica no, deja ningún aspecto de la vida de nadie a salvo del escrutinio corporativo y gubernamental. Quién, incluso hace un siglo, ¿podría haberse imaginado tal inmensidad de información y poder?

Al mismo tiempo, somos testigos de una destrucción de la vida en dimensiones que ninguna generación en la historia moderna han confrontado. Es cierto que nuestros ancestros conocían las guerras, las plagas y el hambre, pero hoy no es solo un bosque aquí y algunas granjas y pesquerías allá. Hoy, especies enteras están muriendo y culturas completas y ecosistemas a escala global, incluso el plancton productor de oxígeno de nuestros mares.

Los científicos intentan decirnos lo que está en riesgo cuando quemamos bosques tropicales y combustibles fósiles, vertemos desperdicios tóxicos en el aire, suelo, mar y el uso de químicos que devoran el escudo protector de ozono del planeta. Pero sus advertencias son difíciles de escuchar. Porque la nuestra es una Sociedad de Crecimiento Industrial. Nuestra economía política requiere una extracción y consumo siempre en aumento de recursos. Para la Sociedad de Crecimiento Industrial, la Tierra es recurso y cloaca.

También existe el temor de que la atención al sufrimiento del mundo solo lo empeorará. Esta noción es similar a una perspectiva filosófica llamada «idealismo subjetivo», la cual considera que la conciencia es algo más real que el mundo material. Esto puede acarrear una creencia de que contemplar los problemas del mundo es una forma negativa de pensar.