Durante siglos y siglos conociste la esclavitud, las cadenas, los cinturones de castidad, los candados, las cárceles, las hogueras, las violaciones, los abusos, las humillaciones, los amos, los dueños, los pater fa­milias y la potestad de los hermanos, de los padres y de los maridos.

Te rifaron, te compraron, te cambiaron por fa­negadas o rebaños, te usaron, te forzaron, te quema­ron, te satanizaron, te burlaron, te santificaron, te invisibilizaron, pero sobre todo te callaron… y de qué manera te callaron.

Fuiste madre, madre y otra vez madre, y cuan­do tenías el vientre redondo y pleno, te fetichizaron y entonces te llamaron mi santa madre para imposi­bilitar tu erotización, para matar tu deseo, para silen­ciar tus ansias de más caricias… Te llenaban de hijos e hijas para vaciarte de deseo.

Te hicieron creer du­rante siglos que tu anatomía era tu único destino, y así no sólo lograron transformar tu maternidad en fatalidad sino que mutilaron la cultura de tus voces, de tu escritura, de tus ideas que sólo excepcional­mente pudieron alzar vuelo.