La mente que sabe meditar

Desde tiempos inmemoriales, el hombre siempre se ha planteado la pregunta de si existe algo más allá del pen­samiento, más allá de las invenciones románticas y más allá del tiempo; siempre se ha preguntado, ¿existe algo más allá de todo este sufrimiento, más allá de todo este caos, más allá de las guerras, de la constante lucha entre los seres humanos?

¿Existe algo que sea inmutable, sagra­do, absolutamente puro, no contaminado por ningún pen­samiento ni por ninguna experiencia? Desde los tiempos antiguos, éste ha sido el interrogante de todas las perso­nas serias. Para descubrirlo, para dar con eso, es impres­cindible la meditación, pero no la meditación repetitiva que no tiene ningún sentido.

Cuando la mente está libre de todo conflicto, de cualquier afán del pensamiento, enton­ces existe una energía creativa que es verdaderamente re­ligiosa. Dar con esa energía que no tiene principio ni fin es la verdadera profundidad y belleza de la meditación, lo cual requiere libertad de todo condicionamiento.

La completa seguridad está en la inteligencia compasiva: una seguridad absoluta. Pero nosotros buscamos seguridad en las ideas, en las creencias, en los conceptos, en los idea­les, nos aferramos a esas cosas, son nuestra seguridad, por falsas e irracionales que sean.

Donde hay compasión con su inteligencia suprema hay seguridad, si lo que se busca es seguridad. En realidad, donde hay compasión, donde existe esa inteligencia, no hay problema de seguridad.