Los animales son felices mientras tengan salud y suficiente comida. Los seres humanos, piensa uno, deberían serlo, pero en el mundo moderno no lo son, al menos en la gran mayoría de los casos. Si es usted desdichado, probablemente estará dispuesto a admitir que en esto su situación no es excepcional.

Si es usted feliz, pregúntese cuántos de sus amigos lo son. Y cuando haya pasado revista a sus amigos, aprenda el arte de leer rostros; hágase receptivo a los estados de ánimo de las personas con que se encuentra a lo largo de un día normal.

Es corriente en nuestros tiempos, como lo ha sido en otros muchos períodos de la historia del mundo, suponer que los más sabios de entre nosotros han visto a través de todos los entusiasmos de épocas anteriores y se han dado cuenta de que no queda nada por lo que valga la pena vivir.

Los que sostienen esta opinión son verdaderamente desgraciados, pero están orgullosos de su desdicha, que atribuyen a la naturaleza misma del universo, y consideran que es la única actitud racional para una persona ilustrada.

Se sienten tan orgullosos de su infelicidad que las personas menos sofisticadas no se acaban de creer que sea auténtica; piensan que el hombre que disfruta siendo desgraciado no es desgraciado.

Esta opinión es demasiado simple; indudablemente, existe alguna pequeña compensación en la sensación de superioridad y perspicacia que experimentan estos sufridores, pero esto no es suficiente para compensar la pérdida de placeres más sencillos…