Es muy posible que Ken Robinson, el que más ha insistido en la necesidad de estimular el talento, la creatividad y la vocación artística, el que más claramente apostó contra viento y marea por la no jerarquización de las competencias no tiene sentido que en los sistemas educativos, la Física figure siempre en primer lugar y la Danza en el último, intuyera sin ser consciente de ello que los últimos descubrimientos científicos iban a revolucionar los sistemas educativos.

En los últimos veinte años, los investigadores más tenaces pero no necesariamente los más conocidos han aflorado tres grandes tipos de sorpresas. La primera fue la magnitud insospechada del inconsciente; se acumulaban allí procesos cognitivos de una complejidad inigualada por el pensamiento consciente.

El segundo gran descubrimiento que aportó las bases para que Robinson pudiera hacer de las suyas y revolucionar la gestión del talento, vino de la mano de una gran científica inglesa empeñada en saber por qué la experiencia individual podía incidir y transformar, incluso, las estructuras cerebrales y genéticas.

El «elemento» es, posiblemente, el mensaje central del libro que lleva ese nombre. Como explica con enorme claridad el autor, vale la pena invertir el tiempo que haga falta en encontrarlo y el esfuerzo para adecuarse al nuevo entorno, cuando se constata que no era el habitual.

Ahora bien, no basta solamente con hallar el «elemento» y ese es un mensaje cuy o valor no puede sobreestimarse; es preciso dominarlo, profundizar en su conocimiento, controlarlo. Eso requiere esfuerzo continuado y mucho talento.