Resulta importante recordar que las emociones no desaparecerán para no volver jamás. Siempre existirán. No debemos negar su existencia ni sentirnos culpables por ellas, sino que debemos canalizarlas en la dirección correcta.

Tenemos que negarle a la carne el derecho a dominarnos, pero no debemos negar su existencia. Como veremos más adelante, la Biblia nos enseña que debemos ser bien equilibrados.

Cuando hay algo en nuestra vida que hace que nos sintamos enojados y frustrados, a menudo descargamos estas emociones en los demás, por lo general nuestro cónyuge, nuestros hijos o con alguna otra persona con la cual tengamos una relación personal íntima. El problema no es tanto nuestros sentimientos de enojo y frustración, sino el que no podamos dominarlos.

Lo más importante es comprender qué son las emociones y reconocer que las tenemos porque es Dios quien nos las ha dado. Entonces debemos empezar a encararnos a ellas en vez de solo ventilarlas y como resultado tener sentimientos de culpabilidad y condenación.