La brújula de las emociones

Una de las capacidades más importantes del ser humano es la de formar y mantener relaciones con los demás. Esta capacidad es absolutamente necesaria para sobrevivir, aprender, trabajar, amar y procrear. La habilidad individual para formar y mantener relaciones varía: algunas personas parecen ser capaces de amar de forma natural.

Otras no tienen tanta suerte: derivan poco placer de sus relaciones con los otros y su adhesión a la familia es más distante, menos emocional. A veces estas personas desearían por encima de todo disfrutar de intimidad emocional con sus seres cercanos, pero no saben cómo.

Tanto la capacidad como el deseo de formar relaciones emocionales están asociados a la organización y funcionamiento de partes específicas del cerebro humano. Así como el cerebro nos permite ver, oler, degustar, pensar y movernos, es el órgano que nos permite ser capaces, o no, de amar.

Los sistemas del cerebro humano que nos permiten formar y mantener relaciones se desarrollan durante la infancia y primeros años de vida. Las experiencias durante estos primeros y vulnerables años son críticas: la empatía, el afecto, el deseo de compartir, el aprendizaje de la gestión de la agresividad y el desarrollo de la capacidad de amar están asociados a las capacidades de apego formadas durante la infancia y la niñez temprana.