Actualmente, vivimos en un mundo en que los poetas, los historiadores, los filósofos, se enorgullecen diciendo que no admiten siquiera la posibilidad de aprender cualquier cosa referente a las ciencias: ven la ciencia al final de un largo túnel, demasiado largo para que un hombre avisado meta la cabeza en él. Nuestra filosofía si es que tenemos una es, pues, totalmente inadaptada a nuestra época.

Ahora bien, para un intelectual bien adiestrado, no es más difícil penetrar, si lo desea realmente, en el sistema de ideas que rige la física nuclear, que comprende la economía marxista o el tomismo. No es más difícil captar la teoría de la cibernética que analizar las causas de la revolución china o la experiencia poética de Mallarmé.

En realidad, uno se resiste a este esfuerzo, no por miedo al esfuerzo, sino porque presiente que traería consigo un cambio en los modos de pensamientos y de expresión, una revisión de los valores hasta ahora admitidos. Hace ya tiempo que hubiera debido imponerse un entendimiento más sutil de la naturaleza del conocimiento humano, de las relaciones del hombre con el Universo.