El cuerpo nunca miente, PDF, maltrató infantil

El cuerpo nunca miente, PDF, maltrató infantil

Este libro, El cuerpo nunca miente, de Alice Miller, trata principalmente del conflicto, entre lo que sentimos y sabemos, porque está almacenado en nuestro cuerpo. Y lo que nos gustaría sentir para cumplir con las normas morales, que muy tempranamente interiorizamos.

Sobresale entre otras, una norma concreta, y por todos conocida, el cuarto mandamiento, que a menudo nos impide experimentar nuestros sentimientos reales. Compromiso que pagamos con enfermedades corporales.

El libro aporta numerosos ejemplos a esta tesis, pero no narra biografías enteras, sino que se centra principalmente. En cómo es la relación de una persona con unos padres que, en el pasado, la maltrataron.

Un niño, cuando nace, necesita el amor de sus padres, es decir; necesita que éstos le den su afecto. Su atención, su protección, su cariño, sus cuidados y su disposición a comunicarse con él. Equipado para la vida con estas virtudes. El cuerpo conserva un buen recuerdo y, más adelante, el adulto podrá dar a sus hijos el mismo amor.

Por otra parte, cuanto menos amor haya recibido el niño; cuanto más se le haya negado y maltratado con el pretexto de la educación. Más dependerá, una vez sea adulto, de sus padres o de figuras sustitutivas. De quienes esperará todo aquello que sus progenitores no le dieron de pequeño.

Ésta es la reacción natural del cuerpo. El cuerpo sabe de qué carece, no olvida las privaciones, el agujero está ahí y espera ser llenado. Pero cuanto mayor se es, más difícil es obtener de otros el amor que tiempo atrás uno no recibía de los padres.

Un equipo de investigación de San Diego, encuesto a diecisiete mil personas. Con un promedio de edad de cincuenta y siete años, sobre su infancia. Y sobre las enfermedades que habían padecido a lo largo de sus vidas. El resultado fue que el número de enfermedades graves, en niños que habían sido maltratados. Era mucho mayor que en las personas que habían crecido sin malos tratos y sin palizas educativas.

Es cierto que ya no sacrificamos a nuestros hijos a Dios. Como Abraham estaba dispuesto a hacer con Isaac, pero ya desde que nacen, y después, durante toda su educación. Les cargamos con el deber de querernos, honrarnos y obedecernos. De alcanzar metas por nosotros, de satisfacer nuestra ambición, en una palabra, de darnos todo aquello que nos negaron nuestros padres. A eso lo llamamos decencia y moral. El niño raras veces tiene elección.

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