Todo aquel que crea en el amor debería leer la historia de Raj Rabban. A la edad de veinticinco años todavía no se había enamorado.

De hecho, apenas sabía lo que significaba amar. El trabajo, como ocurre con frecuencia, era su excusa. Raj llevaba algún tiempo trabajando en la sala de urgencias de un hospital de Manhattan.

Sus compañeros habituales eran heridos de bala que se desangraban en la camilla, drogadictos con sobredosis que encontraba la policía y suicidas que, en muchos casos, tenían éxito.

En la Facultad de Medicina había atendido con devoción las necesidades de un cadáver durante varios meses, y por eso en sus citas, cuando le quedaba tiempo para citas, despedía un ligero olor a formaldehído. Literalmente. Las chicas lo percibían en sus dedos aunque se los hubiese frotado a conciencia.

Lo cierto es que el amor más grande que Raj había experimentado era el que reflejaban los ojos de su madre cuando él tenía tres años. Amma lo trataba como si fuera un cruce entre una bendición divina y un príncipe mogol. Cuando era niño su postre favorito era un pastel de zanahoria caliente envuelto en una hoja fina de un papel de plata comestible.