La autoobservación comprende la teoría y la práctica del autoconocimiento. Empezamos por observarnos a nosotros mismos, nuestros gustos, inclinaciones, preferencias, rechazos, identificaciones… y así vamos reconociendo las capas que recubren nuestro ser; y que hemos ido creando por medio de una mente tridimensional que gusta de identificaciones y rechazos, para autoafirmarse, para sentirse segura.

En sus primeros momentos la autoobservación nos lleva a darnos cuenta de que todo aquello que rechazamos con más vehemencia es parte de nosotros; una parte que no queremos aceptar, pero que conviene reconocer para transmutarla.

Aquello que apreciamos y valoramos también forma parte de nuestros anhelos; pero tenemos que depurar los valores sobre los que nos sustentamos: ¿Hacia dónde van dirigidos? ¿Hacia el refuerzo de la dependencia o hacia la libertad?

La autoobservación nos permite descubrir que si bien tenemos deseos; no somos nuestros deseos, si tenemos pasado no somos nuestro pasado, si tenemos miedos no somos nuestros miedos, si tenemos cuerpo no somos nuestro cuerpo. Que siempre somos algo más, que no está limitado por nada, salvo lo que permitamos que nos limite.

Más adelante, la autoobservación hace posible encontrar en nosotros un núcleo de realidad, de amor, de verdad; que está en nuestro interior y que proviene de algo trascendente: nuestro ser incondicionado.