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Apartes, El arte de ser flexible, Walter Riso

La flexibilidad mental es mucho más que una habilidad, o una competencia; es una virtud que define un estilo de vida y permite a las personas adaptarse mejor a las presiones del medio. Una mente abierta tiene más probabilidades de generar cambios constructivos que redunden en una mejor calidad de vida; y en la capacidad de afrontar situaciones difíciles. Una mentalidad rígida no sólo es más propensa a sufrir todo tipo de trastornos psicológicos y emocionales; sino que además afectará negativamente al entorno en el que se mueve.

¿Quién no ha sido víctima alguna vez de la estupidez recalcitrante de alguien que por su rigidez mental no es capaz de cambiar de opinión o intenta imponer sus puntos de vista? No hay que ir demasiado lejos: en cada familia, en nuestro lugar de trabajo, en la Universidad, en el colegio, en el barrio o en el edificio donde vives, siempre habrá alguien intolerante y dogmático que trata de sentar cátedra e influir sobre aquello que piensas o haces.

Las mentes cerradas, además de ser un problema para sí mismas, también lo son para la sociedad en la que viven; pues impiden el progreso y permanecen ancladas en un pasado que quieren perpetuar a cualquier precio.

Es mejor reconocer los errores y aprender a sacarles provecho

La fuerza del pensamiento flexible radica en que, a pesar de la resistencia y los obstáculos; podemos inventarnos a nosotros mismos y fluir con los eventos de la vida sin lastimar ni lastimarnos. Su carta de presentación es la creatividad en aumento. La flexibilidad mental nada tiene que ver con la razón petrificada que se determina a sí misma; sino con aquella razón que «siendo razonable» se refrenda en la buena vida. No es una veleta sometida a los embates del viento que se mueve sin dirección fija; sino una embarcación con motor propio que nos permite cambiar de ruta cuando la tormenta acecha o cuando nos hemos equivocado de rumbo.

Las personas tienen formas distintas de relacionarse con la información disponible en sus cerebros. Algunas se apegan a ella y otras son más arriesgadas a la hora de modificarla. Hay quienes de manera testaruda insisten en que poseen la razón cuando objetivamente no es así; y hay quienes reconocen sus errores y simplemente tratan de sacarle provecho a las situaciones nuevas o desconocidas.

Existen mentes que parecen de piedra: inmóviles, monolíticas, duras, impenetrables y rígidas; donde la experiencia y el conocimiento se han solidificado de manera sustancial e irrevocable con el paso de los años. Estas mentes ya están determinadas definitivamente, ya no aprenden nada distinto a lo que saben porque su procesamiento obra por acumulación y no por selección. Creen haber visto la luz, cuando en realidad andan a ciegas vagando por una oscuridad cada vez más alejada de la realidad. Un golpe certero las hace trizas o las resquebraja; porque no están preparadas para enfrentarse a los dilemas y las contradicciones respecto a su fuero interno. La mente de piedra no se permite dudar y aborrece la autocrítica. Sus fundamentos son inmodificables e indiscutibles.

Para la mente inflexible es difícil tener paz interior

Para la gente inflexible es muy difícil alcanzar un estado de paz interior. Incluso, es prácticamente imposible estar cerca de una persona rígida, ya sea nuestra pareja o nuestro compañero o compañera de trabajo o de universidad, y no verse afectado negativamente por él o ella.

Una mente indefinida y apática es una mente voluble y despersonalizada que no es capaz de reconocerse a sí misma. Líquida: que se escapa, que se derrama, que toma la forma del recipiente que la contiene o permanece indefinida e inconsistente. Vacía de toda idea, la mente líquida coquetea con el nihilismo, (El nihilista es aquel que no cree en nada (nihil), ni siquiera en lo que es). no fija posiciones ni se compromete.

Significado de egoísmo y egocentrismo

Las personas egocéntricas ven el mundo desde su propia perspectiva y desconocen que los demás puedan tener puntos de vista diferentes, fiables y racionales. No es lo mismo ser egoísta que ser egocéntrico. El egoísmo tiene que ver con la incapacidad de amar a otros; el egocentrismo es ser prisionero del propio punto de vista. La incapacidad de reconocer que los otros pueden pensar de forma distinta a uno destruye cualquier relación u opción de diálogo. Estar centrado en uno mismo implica ruptura, aislamiento, mutismo e incomprensión. El niño pequeño se asombra cuando descubre que las demás personas de su entorno no piensan igual que él, y los adultos dogmáticos se ofenden cuando alguien no coincide con su manera de pensar, y rápidamente resaltan la diferencia: No eres de los nuestros o No estás en mi equipo.

El egocéntrico no está preparado para la discrepancia porque simplemente no la concibe como válida. Esta operación mental, por medio de la cual uno se convierte en el epicentro del cosmos y niega la oposición por decreto, también se conoce como personalización. Algunos investigadores han hallado que en la adolescencia este fenómeno de personalización adquiere dos manifestaciones: la audiencia imaginaria (creerse que uno vive en un escenario donde todos lo miran, evalúan y critican) y la fábula personal (en la cual el individuo piensa que él y sus pensamientos y sentimientos son especiales y únicos).

Funcionamiento optimo de una mente flexible

El funcionamiento óptimo es el perfeccionamiento constante de la mente humana por desarrollar sus fortalezas básicas. Entre otras cosas, implica pasar de un estado desorganizado a uno organizado, de un nivel simple a uno complejo, de una escasa autobservación a una mejor autorreflexión, de una mente estática y rígida a una mente más plástica y menos egocéntrica.

Una mente que funcione bien estará siempre activa y comprometida con una transformación profunda del yo. Así como existe una evolución de la especie a nivel global, también existe un mejoramiento o crecimiento individual que hace que nuestras estructuras psicológicas adquieran mayor flexibilidad y mayores posibilidades de adaptarse a situaciones nuevas. El funcionamiento óptimo implica escasa o nula resistencia al cambio y una profunda capacidad de autocorrección.

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